jueves, 12 de noviembre de 2009

CRÓNICA DE UN DÍA EN AZUL

III Festival Cervantino de Azul (del 5 al 15 de noviembre de 2009)


Domingo, siete y media de la mañana, esquina de Callao y Rivadavia. La confitería del Molino aún no reabre sus puertas y el Congreso es mudo testigo de los numerosos grupos de jóvenes que recorren las avenidas, recién salidos, es muy evidente, de los boliches. Un grupo, pequeño y bostezante, comienza a conformarse allí. Permanecen ajenos al provocador espectáculo que brindan algunos y esperan. Con gran paciencia, esperan. Mucho después de lo pactado, un combi (mejor dicho, una van) llega, los carga y el ahora alegre grupo de periodistas, que eso eran, van rumbo a Azul, ciudad cervantina de Argentina. 



Domingo, doce del mediodía, sobre la ruta 3. Restaurant “Punto Argentino”. Los periodistas porteños bajan de la van, se encuentran con otro grupo de periodistas que ya estaba cubriendo el III Festival Cervantino de Azul y se disponen a comer. Lamentan, algunos, no haber podido ir al Monasterio Trapense, situado unos kilómetros más allá de Azul, tal como estaba planeado. Quedará para otra ocasión. Comida y bebida abundante, pampa infinita y los preliminares: los periodistas que ya estaban cubriendo el festival pasan el parte a los recién llegados y la calma azuleña comienza a apoderarse de todos, menos de algunos impacientes.

Domingo, dos de la tarde, comienzo de la visita oficial a la ciudad de Azul. Primera parada: el ex Matadero Municipal, cuyo portal fue obra del controvertido arquitecto Francisco Salamone. No hay mucho para ver, excepto una construcción de afilados perfiles. Los bullangueros periodistas entran triunfales a la ciudad y empieza el “city tour”. Segunda parada: Parque Municipal “Domingo Faustino Sarmiento”, diseñado por el afamado paisajista Carlos Thays. 22 hectáreas de verde, árboles, caminos, puentecitos y el arroyo Azul que divide a la ciudad en dos. Nos enteramos de que la ciudad se fundó en 1832 como fuerte (el Fuerte San Serapio Mártir) para contener el avance de los malones. 16 carretones de ruedas altísimas (aptas para vadear arroyos y lagunas) llegaron de la mano del coronel Pedro Burgos, de los cuales se encuentra una réplica en el parque.



Un simpático trencito realiza un breve trayecto dentro del parque y los ávidos periodistas preguntaron si era posible dar una “vueltita”. Aprobada que fue la moción por unanimidad, el grupo abandonó la combi para subirse al “Pamperito”, un tren de trocha muy angosta, cuya locomotora funciona con un motor de Ford T y cuyos vagones fueron reformados con partes de autos. Bamboleante y ruidoso, el Pamperito trajo de vuelta, sanos y salvos, a los periodistas muertos de risa ante la aventura ferroviaria en miniatura. Tercera parada: fiesta gaucha pre-Jesús María, en los predios del ejército. Más verde, autos, caballos y auténticos gauchos (facón al cinto y todo) por todos lados. Un amable ambulanciero explicó a algunos de los periodistas presentes de qué iba la cosa y entonces se comprendió un poco más un espectáculo que, de otro modo, resultaría un poco aburrido. La rebelde belleza de los caballos, sin embargo, hubiera bastado para atrapar la vista de cualquiera.



Domingo, cuatro y media de la tarde, Casa Ronco, hogar de la colección de Quijotes más importante fuera de España, motivo de la declaración de Azul como “ciudad cervantina” en el 2007 por la UNESCO. Una casa antigua, de principios de siglo, con sus puertas y celosías altísimas, su zaguán, su patio central, sus pisos de madera crujiente y allí, en las dos habitaciones principales, libros del techo hasta el piso, en estanterías realizadas por su propio dueño, el doctor Bartolomé J. Ronco. Ronco era un abogado capitalino que hacia los años 20 decidió ejercer en la ciudad de Bahía Blanca. Sin embargo, se afincó en Azul, ya que allí se encontraban los tribunales y pronto se casó con una azuleña. Tuvieron una hija que murió a los catorce años y luego de un período de comprensible luto, los Ronco se dedicaron a diversas actividades comunales. El abogado, gran lector, era, además, bibliófilo y coleccionaba ediciones (y todo aquello que tuviera que ver con) del Quijote, la obra fundante de la novela y la literatura modernas. Coleccionaba asimismo ediciones del Martín Fierro, fabricaba juguetes de madera, compilaba términos gauchescos y, por si todo eso fuera poco, dirigió hasta su muerte la biblioteca municipal.



El inquieto grupo de periodistas tuvo entonces acceso a algunos de los tesoros que son celosamente custodiados en la casa Ronco: la edición en inglés de Thomas Shelton, regalada a la biblioteca por el escritor inglés Julian Barnes; la edición de 1716, realizada en Amberes, Bélgica; la edición ilustrada por Salvador Dalí; el Quijote más pequeño del mundo, dos tomos en papel biblia que caben en la palma de la mano; ediciones en idiomas tan lejanos del castellano medieval como el japonés, el lituano y el hebreo; una edición de la editorial Tor para niños, ilustrada por Walt Disney (con Mickey Mouse y todos los personajes de Disney como personajes del Quijote); una edición de lujo realizada en La Plata; una edición de la Real Academia Española en ocho tomos de tamaño considerable, cuatro de los cuales constan únicamente de ilustraciones, con la intención de que el libro pudiera ser disfrutado aún por aquellas personas que no supieran leer. Otros tesoros invaluables, como la edición ilustrada por Gustave Doré, pertenecen a aquella parte de la biblioteca que no se puede mostrar al público, sino apenas sospechar y entrever entre los anaqueles. Quien esto escribe entraba, ante cada edición desplegada, literalmente en éxtasis.



Domingo, cinco y veinte de la tarde, costanera Catriel, desfile inaugural del festival cervantino. Arremolinados entre los lugareños, los periodistas pudieron observar el paso de las diferentes escuelas azuleñas y sus entrañables “cabezudos”, suerte de títeres gigantescos realizados por los chicos bajo la dirección del artista local Omar “Chirola” Gasparini, quien también realizara el mural que adorna parte de la costanera. Bajo el lema de la diversidad cultural se seleccionaron diferentes temáticas sobre las cuales los chicos podían realizar sus títeres y disfraces, y así pudo verse a los pumas y yaguaretés, a la barca de los inmigrantes, al circo Papelito y, por supuesto, cabezudos con motivos cervantinos (especialmente logrado estaba el cabezudo que representaba a Rocinante). Todos recibieron su merecidísimo aplauso y a continuación la murga Los Descontrolados de Barracas cerró el desfile.



Domingo, cerca de las siete de la tarde, últimas dos paradas: cementerio de Azul y grupo escultórico del artista Carlos Regazzoni. El ya exhausto grupo de periodistas, lejos de la algarabía que se adueñara de ellos durante su periplo en el Pamperito, recorrió el cementerio de Azul, cuyo portal también pertenece al arquitecto Salamone. Quien esto escribe no pudo dejar de sentirse subyugada ante la extraña y expresionista belleza del terrible ángel que preside la entrada al camposanto. A pesar de que algunos reporteros se aventuraron a recorrer tumbas, bóvedas y nichos, otros prefirieron quedarse prudentemente fuera y hacer chistes sobre la tardanza de quienes habían entrado. Un rato después, la algarabía volvía a adueñarse de los porteños apurados: el grupo escultórico del artista Carlos Regazzoni invitaba a sacarse las típicas fotos de “miren dónde estoy posando” y casi nadie se sustrajo a ellas, ni a la incandescente belleza de la chatarra oxidada mágicamente transformada en Don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea/Aldonza y el perro, un flaco can de metal que desató la polémica: Don Quijote ¿tenía o no tenía perro? Y si tenía, ¿cómo se llamaba?



Domingo, cerca de las nueve de la noche, libertad de acción. Liberados de la presión “vamos a ver esto y esto y esto”, los periodistas se dispersaron o se retiraron a sus aposentos o se enfrascaron en sus laptops y quien esto escribe aprovechó, luego de un breve refrigerio, para recorrer un poco la plaza central de Azul y embobarse con la arquitectura y el diseño gótico de la iglesia-catedral Nuestra Señora del Rosario, así como con el impecable trabajo de restauración del Teatro Español, donde transcurriría la anteúltima parada de la excursión.



Domingo, apenas pasadas las nueve de la noche, Teatro Español, show de la compañía Tangokinesis. Un maravilloso espectáculo de danza que, bajo la dirección de Ana María Stekelman, combina la danza moderna con los movimientos tradicionales del tango, otorgándole una frescura inusitada. El show incluyó tangos como “La cumparsita”, “Buenos Aires hora cero”, “Yo no sé que me han hecho tus ojos”, tres versiones de “Quizás, quizás, quizás” y concluyó con un set de mambos. El público aplaudió a rabiar a los bailarines, entre quienes se destacaron sin duda alguna Nora Robles y Pedro Calveyra.

Domingo, madrugada, cansancio y después… Promediando la medianoche los filtrados periodistas fueron aún agasajados en otro restaurant a la vera de la ruta, esta vez con una picada y un asado bien criollos, como debe ser, y entre la mulita en escabeche, las patitas de chancho, el asado de tira, las ensaladas y los tentadores postres, el nutrido grupo de periodistas terminó subiéndose a la combi de regreso hacia la una y treinta de la madrugada. Luego de unos momentos de charla, todos acordaron tácitamente que había llegado el momento de llamarse a silencio y dormir.

Lunes, cinco de la madrugada, esquina de Callao y Rivadavia. La confitería del Molino sigue sin abrir sus puertas y el Congreso es ahora testigo de cómo los periodistas se despiden, se desean suerte y esperan reencontrarse en otra nueva aventura, tan grata y singular como la que acaba de terminar. ¡Gracias, azuleños!

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Nota en ANSud


Todas las imágenes por The Violet Girl.

1 comentario:

Amalia dijo...

Qué buen relato, Analía!. Me encantó cómo lo fuiste presentando.Parecía que estaba leyendo, en parte, una novela. Me quedé con ganas de otros capítulos y del surgimiento de diversas historias. No conozco Azul pero me dieron ganas de conocerla. Un abrazo!!!!